jueves, 21 de mayo de 2026

Sobrepensando

No se como me debo sentir, no se si es pena o tristeza... porque son sentimientos que conozco, sin embargo me invade algo de decepcion, pensar que di tanto de lo que no le entregaba a nadie en mucho tiempo o quizas nunca hice. Últimamente siento que he vivido una montaña rusa emocional constante. Como si hubiese pasado mucho tiempo intentando ordenar lo que siento, tratando de entender a los demás y también entenderme a mí misma, pero sin lograr del todo encontrar un punto de calma. Hay días en los que me siento fuerte, racional y capaz de mirar las cosas con distancia, pero también hay otros donde ciertos recuerdos, ciertas palabras o incluso ciertos silencios vuelven a remover emociones que creía más controladas. Creo que una de las cosas que más me ha marcado este último tiempo ha sido darme cuenta de cuánto valor le doy a la claridad emocional. Antes pensaba que podía soportar cualquier cosa mientras hubiera cariño de por medio, pero entendí que el cariño también necesita tranquilidad, comunicación y confianza. Me cansé un poco de tener que interpretar lo que otros sienten, de intentar leer entre líneas o de quedarme pensando durante horas si exageré algo, si hablé de más o si simplemente sentí demasiado. Muchas veces intenté ponerme en el lugar de los demás. Entender el cansancio ajeno, las dificultades emocionales, la forma distinta que algunas personas tienen de expresar afecto. Y aunque sigo creyendo que comprender al otro es importante, también empecé a entender que no puedo justificar constantemente cosas que terminan haciéndome daño o dejándome vacíos emocionales difíciles de ignorar. A veces uno intenta ser tan comprensivo que termina olvidándose de sí mismo. También he tenido que aceptar que no todas las personas saben cuidar los vínculos de la misma forma. Algunas se quedan, otras se alejan, algunas dudan de ti incluso cuando nunca les diste razones reales para hacerlo. Y eso duele más cuando viene de personas que alguna vez consideraste cercanas o importantes. Porque cuando alguien desconfía de ti, de tus intenciones o de tu cariño, inevitablemente algo se rompe. No solo en la relación, sino también en la forma en que empiezas a sentirte dentro de ella. Aun así, me cuesta negar que hubo momentos felices. Muy felices, incluso. Momentos pequeños que probablemente para otros parecerían insignificantes, pero que para mí quedaron guardados con una intensidad enorme. Conversaciones, gestos, miradas, detalles mínimos que despertaron emociones genuinas en mí. Y creo que una parte de todo este proceso también ha sido aceptar que extrañar algo no significa necesariamente querer volver a vivirlo exactamente igual. A veces solo extraño cómo me sentía en ese momento, la ilusión, la tranquilidad temporal o la sensación de conexión que creí haber encontrado. Y hoy, a pocos días de todo, me doy cuenta de cuánto extraño escucharte. Extraño saber cómo estuvo tu día y poder comentarte un poco de lo que ha sido el mío. Extraño esa costumbre simple de compartir cosas pequeñas que, sin darme cuenta, terminaron siendo importantes para mí. Porque aunque no hablara demasiado de mí misma o de mis cosas, contigo sí encontraba un espacio donde sentía que podía hacerlo un poco más. Ahora siento ese vacío extraño de no tener realmente a quién contarle lo cotidiano. Ya no tengo a alguien con quien compartir esos pensamientos pequeños que aparecen durante el día, esas cosas mínimas que quizá no cambian nada, pero que igual nacen con ganas de ser contadas. Y creo que ahí es cuando uno se da cuenta de cuánto significaba la presencia de alguien, incluso en los detalles más simples. He aprendido también que soy una persona profundamente sensible, aunque muchas veces intente esconderlo detrás de la lógica o de una actitud más fría. Siento mucho más de lo que normalmente demuestro. Me afectan las palabras, los cambios de actitud, las ausencias emocionales y las despedidas que nunca se dicen directamente. Pero al mismo tiempo, esa sensibilidad también es una de las cosas más bonitas que tengo. Porque gracias a ella puedo emocionarme con la música, refugiarme en el arte, imaginar mundos distintos, conectar con las personas y expresar cariño de manera genuina. Hay días en que me siento agotada emocionalmente. Como si hubiese entregado demasiada energía intentando sostener vínculos, conversaciones o expectativas. Y en medio de ese cansancio, empecé a valorar muchísimo más mi tranquilidad. Empecé a entender que estar sola no siempre es algo triste; a veces es simplemente un espacio necesario para volver a escucharme, para recuperar mi equilibrio y para recordar quién soy fuera de todo lo que siento por otros. Pese a todo, todavía hay una parte de mí que conserva esperanza. No una esperanza ingenua, sino una más tranquila y consciente. La esperanza de encontrar personas con las que no tenga que dudar tanto, donde la comunicación no sea una batalla y donde el afecto no se sienta como algo inestable o confuso. Personas con las que pueda ser completamente yo, sin miedo a sentir demasiado. Y aunque este último tiempo me ha dejado decepciones, distancia emocional y muchas preguntas internas, también me ha enseñado algo importante: sigo teniendo la capacidad de sentir profundamente, de querer sinceramente y de encontrar belleza incluso en medio de procesos difíciles. Y quizás, aunque todavía me cueste verlo por completo, eso también habla de una fortaleza que he ido construyendo silenciosamente dentro de mí.

No hay comentarios:

Publicar un comentario